El juicio

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Notaba el creciente palpitar de mi corazón desbocado contra las costillas. El dolor de la espera era peor que el que pudiese causar el veredicto. Podía ver a un chico entrar en una sala contigua, con su pelo rubio enmarañado, cuyo flequillo se enzarzaba en una trifulca territorial con el piercing en forma de aro de su ceja perfectamente depilada.

Mis manos sudorosas, se aferraban al frío metal de la silla de incómodo respaldo de aglomerado en el que me hallaba sentado.

Ya no recordaba cuánto tiempo llevaba en la misma postura. Sólo el intermitente hormigueo de mis piernas me avisaba de que quizás fuese demasiado. Decidí desentumecerlas un poco y me levanté entre crujidos de metal oxidado y suspiros de impaciencia. Parecía como si las personas que aguardasen como yo quisiesen, en solidaridad, apremiar al jurado, o tal vez como simple evidencia de su similar descontento.

La estancia de suelos de mármol quebrados y paredes de un blanco impoluto atestada de gente, recordaban a un tanatorio en Navidad, momento del año en el que más muertes se dan. Siempre pensé que el gordinflón de rojo con el reno ese de nariz brillante no podía tramar nada bueno entrando a hurtadillas por la chimenea. El pensamiento me hizo esbozar una sonrisa, que se desvaneció ante la severa mirada del alguacil que guardaba la enorme puerta de madera tras la que se celebraba el juicio.
Metí mis manos en el bolsillo de mis vaqueros, sacando mi cajetilla de tabaco y colocando el cigarrillo en la boca, deseando notar el humo entrando en mis pulmones, pero de nuevo el adusto gesto, seguido de un carraspeo de desaprobación del alguacil me instó a guardarlo y sustituirlo por un chicle de menta de solo dios sabe cuántos años de permanencia en aquel bolsillo. El sabor era rancio, pero al menos aplacaba ligeramente mi ansia.

El tic tac enfebrecido del reloj de esfera cromada de la pared frente a mí, me irritaba aun más y provocaba que gotas de sudor cayesen desde mi cabeza al suelo, incluso su golpear contra el suelo me parecía audible. Al fin el pomo de la puerta giró, sacando a todos de sus cavilaciones. Era como si el tiempo volviese a pasar a un ritmo normal, como salir de un trance o de un bucle temporal, como en esas películas que todo pasa enervantemente lento.

Tras escuchar mi nombre entré en la sala. No era como en las películas americanas ni nada parecido. Ni grandes bancos de maderas ni lujosas mesas labradas donde juez de peluca blanca mazo en mano y jurado popular decidiesen tu condena. Simplemente una mesa de aglomerado como el resto y unas cuantas personas ataviadas con sotanas al más puro estilo “Harry Potter”, lo que de nuevo me hizo levantar la comisura de los labios.

Empecé a escuchar las exposiciones del abogado de la acusación que con estudiados gestos de las manos, similares a los de los políticos de la tele hablaba del quebrantamiento de las leyes y la moralidad y bla bla bla. No prestaba demasiada atención, pues mi vista estaba puesta en la curvilínea figura unos metros a mí derecha. Oh, dios mío, aun en esas circunstancias lucía arrebatadoramente irresistible, con sus cabello negro cayéndole lacio sobre los hombros y sus ojos de obsidiana brillando como lunas llenas. Lo tenía todo, la delicadeza de una flor y la fiereza de un lobo y su belleza era igual de dual. Me partía el corazón ver sus manos esposadas como si de un animal se tratase y el simple hecho de pensarlo me hizo hervir la sangre.

La llamaron a declarar y ella, ni corta ni perezosa dijo que no tenía nada que añadir a lo que se hallaba recogido en el informe pericial.

Ni siquiera podía recordar nada, sólo a ella, a mí, unas cuantas cervezas, una noche de pasión y unos cuantos gramos de una droga cuyo nombre no puedo recordar. El armario abierto de la armería de mi padre, una estúpida apuesta y un titular al día siguiente que rezaba: Dos jóvenes en estado de embriaguez y bajo efectos de sustancias psicotrópicas acuden al instituto, arma en mano y disparan a sus compañeros, provocando graves heridas a varios de ellos y la muerte a un joven de su misma edad de un tiro en la cabeza. Una joven de 16 años permanece en coma…

--¡Culpables!—esa palabra me sacó de mis cavilaciones, pero no de mi ensimismamiento, solo podía suspirar y rezar para no volver a la realidad que atormentaba mi mente.

--¡Asesinos!—jalearon las voces de los furiosos padres de las víctimas.
Cabeza gacha y manos esposadas, salí a un patio en el cual, por fin pude sentir el tabaco entrando en mis pulmones y la luz de un nuevo día saliendo de mi vida, para dar paso a los barrotes oxidados de una prisión.

Las imágenes volvían a mí en fogonazos que abrasaban mi conciencia. Las risas despreocupadas de los estudiantes y el tintineo de unos abalorios contra los cierres de la mochila de una chica de mi curso. Los timbres anunciando el comienzo del recreo, el taconeo incesante de las chicas de último curso y los improperios jocosos vertidos entre los chicos que con bravuconería ensayada se empujaban contra las taquillas de metal. El susurro aterciopelado de ella ensordeció el resto, solo podía escuchar…--hagámoslo—como si de un simple juego se tratase, casi podía ver mi cuerpo desde fuera, como si realizase un viaje astral, similar a cuando controlaba mi avatar en un juego de ordenador.

Sacar, coger, abrir, cargar y disparar. Tantas veces lo había visto en el cine, que ya no me impactaba. La escena frente a mí era escalofriante. Gritos de pánico, que hubiesen resultado ensordecedores se escuchaban lejanos, como si una pantalla de metacrilato me separase de ellos, una mano ensangrentada se escurría por mi antebrazo y el retroceso del arma provocó que me diese con la espalda contra una taquilla.

La arpía de bellas facciones volvió a susurrarme con regocijo –aún no hemos terminado, y yo llevo la delantera, cógeme si puedes—dijo sonriendo divertida y cargando la recortada que con premeditación había escondido bajo el colchón de la casa de la montaña, mientras me instaba a robar al otro arma de mi padre.

La joven de cabello castaño y mirada inocente alzó las manos a modo de protección, pero de nada la sirvió al alojarse una bala en su hombro, ensangrentando su hermoso suéter color rosa. Calló abatida contra la puerta de cristal atravesándola ante el horror de una pareja que intentaba esconderse bajo una mesa del comedor al que daba acceso. El chico, visiblemente mayor, se puso delante de ella, una chica de aspecto aniñado y rodillas temblorosa. Aunque intentaba protegerla, poco podría hacer si una de las balas se hundiese en su pecho.

--Tu turno amor—me dijo inclinando mi arma con la suya hacia ellos. No pude disparar, un instante de lucidez vino en mi busca y contemplé el horror en toda su magnitud, por un instante, sin encontrarme bajo los efectos de lo que hubiésemos estado tomando. Pero ella montando en cólera, disparó, tras unos segundos un grito desgarrador resonó en la estancia, por suerte habría gastado su último cartucho y la policía entraba arma reglamentaria en mano en nuestra búsqueda. Sus ojos lo decían todo, decepción, rabia, impotencia y un atisbo de culpabilidad. Siempre habrá algunos que culpen a los videojuegos, al cine o al rol de esto y en cierto modo a la sociedad de la que son parte, pero la verdad es que en la naturaleza de mi bella compañera convivían flor y depredador como en la más exótica de las plantas carnívoras…

Exhalé un suspiro a la par que el humo del cigarrillo, ya consumido entre mis amarillentos dedos. La miré y lo supe, entonces dejándome inundar por el dolor, el resentimiento, el miedo, la culpabilidad y los recuerdos me di cuenta… Ella me había enredado en su juego, alterando mis sentidos, nublando mi juicio. Su sonrisa antes encantadora, se tornó diabólica y en un cristal polvoriento de la puerta que me llevaba a 20 años de reclusión, pude ver el rostro de un monstruo, aquel en el que me había convertido.

Aún me levanto y lavo mis manos 50 veces hasta que siento las yemas de mis dedos arder, deseando así limpiar la sangre que corrieron por ellas y aún intento quitarme la vida, tantas veces al día como personas hice sufrir. Aquellos chicos, sus padres, sus amigos, sus allegados y…mi familia que sufrirá la vergüenza hasta su muerte.
Pero mi destino es acabar mis días entre estas cuatro paredes, avergonzado, humillado, denostado, hundido, pues una muerte ahora sería mi salvación.

Llega la noche y cuando mis ojos no aguantan más y el sueño me vence regreso a aquellos pasillos, en ocasiones la pesadilla se repite y yo grito intentando pararlo, pero tan sólo soy un espectador impotente en la trama. Otras, sin embargo, consigo enmendar mi crimen, pero eso es algo que sólo pasa de noche pues cada día la losa de la realidad cae sobre mí a plomo, como los rayos del sol en el desierto sobre un moribundo, recordándome que el pasado nunca vuelve y el futuro es de los que se lo ganan.

Lucía Arca Sancho-Arroyo
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