Metamorfosis

Otra vez mis párpados luchan por cerrarse, pero mi deseo de verla es más fuerte. Sé que en unos minutos escucharé el sonido de sus tacones y al asomarme a la ventana la encontraré, como viene siendo costumbre, en la acera de enfrente.

Ya puedo oírlo... Ahí está, tan hermosa como siempre, con su cabello platino hasta que en 3, 2, 1... ¡Peluca fuera!, mucho mejor al natural, una media melena de pelo negro ligeramente ondulado, apenas puedo apreciar el color de sus ojos, pero bajo la luz de la farola diría que son del color de la luna esta noche.

Avanza unos cuantos pasos más para sentarse en el banco de madera custodiado por dos pequeños árboles apenas recién plantados, que parecen reverenciar a la Venus que solo ellos, el cielo y yo contemplamos. 

Deja su mochila oscura a un lado, donde guarda los zapatos de tacón de aguja color carmín que ha cambiado por unas bailarinas tras dejar escapar un suspiro de alivio (nunca entendí cómo las mujeres se yerguen sobre semejantes alzas).

Se pone a continuación los vaqueros, ¡siempre al revés! Y guarda junto al calzado la diminuta minifalda vaquera que apenas le cubría segundos antes, y ahora viene lo mejor... Se levanta del banco deshaciéndose de la pequeña camiseta de licra en color rojo, para ponerse una más recatada, dejando al descubierto en el proceso su perfecto abdomen del cual percibo un destello, el del piercing de su redondeado ombligo de una perfección solo equiparable a la más bella talla de un artesano habilidoso.

El proceso casi ha concluido. Con toallitas en una mano y un viejo espejo de bolsillo en la otra, se quita el excesivo maquillaje que eclipsa sus bellas facciones, momento en el cual la luna, seguramente celosa de su belleza, se esconde tras un espeso manto de nubes que se aleja tan pronto como aparece. 

El último toque lo dan el cepillo y el coletero que aprisiona su lustroso cabello en una coleta. Al fin cierra la mochila y se enciende el último cigarro de la noche, que disfruta en completo silencio mientras contempla el firmamento, rodeada por los sonidos de la ciudad: Un camión de basura se escucha a lo lejos haciendo, con toda seguridad, el final de su trayecto y un par de gatos luchan por una pieza, mientras algunos rezagados pasan por la calle con sus coches sin percatarse de la niña que se sienta en el banco.

Porque ahora es lo que se ve, una chica de no más de 16 años que minutos antes parecía una mujer de no muy buena reputación. No sé lo que pasa por su cabeza, ni por qué hace lo que hace, solo puedo contemplarla en plena metamorfosis de mujer a niña, de súcubo a ángel, de oscuridad a luz... Los primeros rayos de sol ya se vislumbran a lo lejos y ella apaga su cigarro contra la pintura del banco, tras lo que se mete un chicle en la boca y emprende de nuevo su camino. ¿A dónde le llevará la mañana y cuándo volveré a verla? A la primera pregunta no puedo darle respuesta a la segunda puedo responder con total seguridad... Cada Viernes de madrugada.

Lucía Arca Sancho Arroyo
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