IV Concurso de Microrrelatos Repentinos: Las Highlands

Cada semana me encuentro con textos geniales de estupendos amigos y escritores. Escritores y textos que tendrían que estar sí o sí en nuestra Biblioteca Encantada, aunque en eso consiste el juego, en que solo uno de ellos lo esté, lo que a veces es una pena, pero creo que nos divierte y hace que los escritores participantes se esfuercen el máximo para superar al resto de participantes de cualquier rincón del mundo.

El tema de esta semana gustaba, hemos recibido cinco textos, todos geniales. Ya tenemos el texto seleccionado para el programa, pero ¿cuál sería tu favorito? ¿Habremos elegido bien? Seguid jugando con nosotros y nuestros temas.

¿Qué te parecen los textos a concurso? Son los cinco muy buenos, el próximo viernes 13 de abril sabremos cuál es el seleccionado. Suerte a todos y enhorabuena por vuestros escritos



16 de abril del 1746, Culloden

Las Highlands, mi tierra, la que me vio nacer. Mi tierra, la que me hizo hombre, la que me dio cobijo, ahora necesitaba de mi ayuda, mi protección. No había amanecido cuando dejé el lecho marital; mi esposa había dejado preparadas mis ropas. La miré dormir, lo hacía plácidamente, tenía los cabellos algo revueltos, su pelo negro contrastaba con su piel de alabastro y su cuerpo se dibujaba perfilado bajo las sábanas del lecho. Suspiró complacida, como si en su sueño recordara la pasión compartida apenas unas horas atrás. No lo sospechaba, al menos eso creía yo, era mi despedida, la mejor manera de hacerle sentir cuánto la quería. La tenue luz del alba se colaba por la ventana y un tímido rayo de luz se posó con delicadeza en su rostro. No había alcanzado a ponerme la camisa cuando unas manos suaves se posaban en mí espalda y ajustaban la tela sobre mis hombros. Me ayudó a ponerme el kilt y a sujetarlo con el cinturón. Fue cuando me colocaba el tartán y se puso frente a mí, entonces vi su rostro. Lágrimas de cristal recorrían sus mejillas, lo sabía.

Sabía que iba a luchar, que no dudaría en dar mi vida por salvar de los invasores a mi Escocia, era injusto, lo sabía. Pero yo era un Highlander, un montañés, jefe de mi clan y debía proteger lo que era nuestro. Esa mañana no era la única despedida, los hogares de mi aldea estaba llenos de ellas. Había terminado de vestirme y tomado mi Claymore, la envainaba en mi cinturón. Su peso me hacía sentir su seguridad, mi espada, la que me había librado de tantas otras muertes, ahora debía volver a ser mi cruz, mi defensa. Mi esposa se acercó hasta mí y me dio un pequeño ato con pan, algo de carne fría y whisky. Lo colgué de mi hombro. Mirando sus ojos vi la promesa que me exigía “¡Vuelve!”. 

-Lo haré, mi esposa, mi amada Jenny –besé sus labios con ternura, quizá fuese la última vez que lo haría.

Dejé el bienestar de sus brazos y salí de mi hogar.

Tras un largo camino, los MacKennet, mi clan, nos unimos con los demás en la batalla. Todos los clanes de Escocia por una lucha común, nuestra tierra.

El sonido de las gaitas acompañaba el lacerado sonido de nuestras espadas, al cortar las vidas de aquellos soldados. Fue emocionante ver a clanes que llevaban tantos años siendo enemigos, cómo luchaban ahora, espalda con espalda. 

En el campo de batalla fuimos traicionados. Los casacas rojas lo invadían todo. Culloden se empapó de sangre, de nuestras vidas. Esa tierra ensangrentada se llenó de fantasmas, de gritos de batalla y del llorar de las gaitas, nada fue en vano, no aplastaron el honor de los Highlander.  

Ahora, en cada roca reposa un Clan, en cada una de ellas cientos de vidas sacrificadas serán recordadas por nuestra amada, ESCOCIA.

Oscura Forastera


Traidor

Se deslizaban furtivamente entre los arbustos, acercándose poco a poco a su objetivo. El ganado estaba tranquilo, pero una intuición les hizo detenerse antes de salir a descubierto. Cuando estaban a punto de retomar la marcha vieron el movimiento del guardián y se dieron cuenta de que, nuevamente, los miembros del clan enemigo habían recibido el soplo y les habían tendido una emboscada. Pero no podían irse con las manos vacías, porque su situación era insostenible y habían perdido, por culpa de algún traidor, tanto sus licores de contrabando como buena parte de sus reses. Comenzaban a desplegarse, dispuestos a emboscar a los emboscadores, cuando uno de los hombres hizo el intento de avisar a sus enemigos. Por suerte, el laird había estado vigilándole de cerca y reaccionó a tiempo, dejándole inconsciente, tras lo cual se desentendió de él y se centró en idear una estrategia que les permitiera salir de la situación victoriosos.

El traidor despertó horas después donde le habían dejado y se vio frente a dos de los supervivientes del ataque. Nervioso, les pidió asilo, sabiendo que si volvía a las tierras de su clan le matarían, pero éstos se negaron.

-Pero os avisé del ataque, he traicionado a los míos por vosotros –suplicó.
-Y por un montón de monedas de oro, no te olvides de eso –dijo uno de los hombres, que había estado presente cuando el traidor exigió su último pago por sabotear el whisky de su clan.
-Eres una escoria en la que nunca se podrá confiar. ¿Cómo sabríamos que no nos ibas a vender también a nosotros? –Afirmó el otro antes de clavarle un puñal en el corazón. Ante la mirada inquisitiva de su compañero, se encogió de hombros y añadió-: Me encanta la traición, pero odio a los traidores.

Déborah F. Muñoz


Entregado en cuerpo y alma
  
"John McClean se presenta a filas para ingresar en el ejército a las ordenes de Sir Andrew de Moray".

Con éste escueto mensaje, John se dirigía al encuentro de la resistencia escocesa. Sabía que eran pocos, pero tenía que luchar por la independencia de su patria. Echar al rey inglés de Escocia era básico para consolidar la hegemonía perdida desde que falleció la infanta Margarita, única descendiente que quedaba al trono.

Su obligación consumía sus días, pero su devoción le impulsaba a terminar cuanto antes y volver. Su hogar quedaba lejos, a millas de donde estaba en aquellos momentos, sin embargo lo tenía presente en cada acto, palabra, mirada o gesto. Cada amanecer le recordaba las risas juguetonas y traviesas de sus hijos encaramándose al lecho. El olor a heno y a vida que emanaban le hacía amar toda su existencia desde que se casó con Beth; ella era el alma de sus días, y ellos la fuerza para seguir trabajando la tierra, la hermosa tierra que sustentaba sus sueños.

Cuentan que el ejército pasó por Cumbria sembrando la destrucción. Días más tarde, un aldeano encontró un cadáver. Su mano sujetaba una sencilla cinta con un nombre: Beth.

Lola RQ


Orgullo de Escocia

Sentada en una gran roca, disfrutando del día y de mi lectura cerca del Lago Ness, noté que alguien me observaba. Me giré para saber quien me miraba con tanto interés. Era mi padre, se acercaba hacia mí, tenía el rostro pálido y su mirada era fría y seria.

-Padre, ¿Os ocurre algo? – mi cara era de preocupación, ya que mi padre siempre tenía una sonrisa.
-Sí, hija mía como ya sabéis es un tiempo difícil para Escocia, nuestro país quieren invadirlo los Ingleses y muchos hombres partirán hacia las Highlands para ser entrenados, porque no queda mucho tiempo, los ingleses pueden volver a intentar entrar en nuestras tierras, podrían llegar de un momento a otro.
-¿Vos tenéis que ir a luchar padre? – pregunté, mi cara podía reflejar el horror y el miedo hacia la respuesta de él.
-Sí hija mía, partiré a media noche con los demás muchachos. –Se le resbaló una lágrima por la mejilla al verme a mí llorar.

Yo rompí en un mar de lágrimas.

No era posible que mi padre fuese a luchar, muchos no lograrían sobrevivir y mi padre no llegaba a los 58 años de edad, todavía tenía una vida que vivir junto a su familia.

-Padre no luchéis, quedaros con madre y conmigo.
-Hija, he de defender a mi patria, no consentiré que ningún inglés más se atreva a poner un pie en Escocia, donde he nacido, he crecido y donde vivo con mi familia.

No había forma de convencerle.

Mi padre se despidió de nosotras, nos pusimos a llorar cuando vimos que se alejaba cada vez más de su hogar y sin mirar atrás.


10 años después…

La niebla no cesaba, casi no se podía ver el castillo de Lochalsh Eilan Donan.

Fui con mi hijo a  ver la tumba de mi padre, murió en la guerra, no logró sobrevivir a aquella masacre.

-Madre, ¿Por qué el abuelo se fue a la guerra?
-Porque era un hombre con gran valentía y fue a defender su territorio. –Resbaló una lágrima por mi mejilla.
-Madre no llore por favor, estoy muy orgulloso de mi abuelo, vivió y sirvió a su país, quisiera tener su valentía.
-Ya la tienes hijo, pero siempre hay que recordarle, no solo por su valentía, también por su persona, amable, cariñoso y divertido con amigos y seres queridos.
-Gracias por ser así abuelo, gracias por darme tu valentía –dijo él mirando al cielo.
-Tu abuelo siempre vivirá con nosotros, en nuestros corazones siempre le recordaremos como aquella persona valiente y generosa, que dio su vida por Escocia su tierra, su patria.

Susana Adalid Carrillo


La canción del viento

El aire, denso y fresco como la niebla que nos rodea. Su olor, impregnado con los perfumes del mar abierto que duchan las costas junto con las finas gotas de lluvia que riegan la tierra sin descanso. Pero la cal dificulta la creación de grandes bosques. No importa. Sus gentes pasean orgullosos de nombrar su hogar. Las tierras altas, las Highlands. Hijos de cabreros que se convertían en guerreros cuando el deber les necesitaba, y padres de granjeros de tierras pedrizas que se transformaban en poetas cuando la primavera lindaba con el verano. Y los pescadores se lanzaban a la mar con el fin de recoger sus frutos y así alimentar a sus familias, a pesar de tener que luchar contra el océano, el hielo, el viento, y el infortunio de las tierras del norte.

Las rocas que han sido erguidas para construir castillos, y fortalezas, y casas de nobles terratenientes, fueron robadas de las entrañas del subsuelo, de los empinados acantilados, de lugares lejanos, y de las orillas de los pantanos, pero ahí estaban; firmes como acero fundido por dioses paganos y olvidados, para que hoy en día podamos admirar sus obras con añoranza y respeto.  Hombres del norte les llamaban, hijos de Escocia, primos de druidas y creadores de mitos y leyendas. Los lagos ocupan sus lugares como gotas que se esparcen sobre un lienzo curvado, y los ríos recorren las colinas, y los valles, y las montañas, y caen por los acantilados, y se funden con el océano. Tierra de los norteños, tierra de esperanzas y anhelos. 

Alexander Copperwhite

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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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7 comentarios:

  1. ¡Menuda calidad de textos que hay por aquí! :D

    He descubierto vuestro blog hace poco, pero si siempre publicáis joyas como éstas, entonces seguro que acabaré pasándome mucho más a menudo.

    Me gustan sobre todo tanto el primero como el último relato, pero están todos muy bien. Aunque el segundo también... Uff. Difícil elección.

    Saludos, y muchas gracias al blog por compartir darnos la oportunidad al resto de leer tan bellos relatos. ¡Y felicidades a los autores, por supuesto!

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  2. Yo voto al relato de Deborah F. Muñoz^^, aunke son todos wenisimos.

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  3. Que deciros, a mí me gustan todos :p
    Bueno no diré el mío, pero me llenan los titulados....
    Entregado en cuerpo y Alma y Orgullo de Escocia, también El traidor y La canción del viento.... Mucha suerte a todos/as.

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  4. ¡Están todos genial! Pero sin duda el que me a emocionado a sido ¨Orgullo de Escocia¨ de Susana Adalid Carrillo yo voto por el, aunque todos son muy buenos. =)

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  5. Cada día supera al pasado el futuro está bien asegurado, para aquellos que pasamos hambre:

    EL HAMBRE (¿?)

    Nació con su hambre.
    Desprovisto de ropa.
    Fuego y hambre.
    Caminó entre surcos.
    Sembrando su hambre.
    Trascurrido el pasado.
    Sustenta su hambre.
    El tiempo le atrapo.
    En su propia hambre.
    Con su callado en su mano.
    Soporta su hambre.
    Ve el final del camino.
    En su nobleza de hambre.
    Su cuerpo sonríe y suspira.
    Persistiendo su hambre.
    molina

    abrazos

    Antonio

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  6. Os dejo también el relato que he escrito yo sobre las Highlands

    Nadie supo nunca de dónde llegó el Extranjero, nadie se lo preguntó ni él lo dijo jamás. Era un errante, un ser solitario llegado de un país desconocido y misterioso. Pocos son los que recuerdan su rostro o sus sombríos ojos de azabache. Yo sí lo recuerdo. Recuerdo el filo de su mirada, el acero de su piel, su fuego, una ira incapaz de calmarse en la batalla. Nadie supo nunca de dónde vino, pero llegó en el momento en el que más lo necesitábamos. Pocos recordarán la cicatriz de su mejilla. Recuerdo incluso el dragón tatuado en su brazo izquierdo, el brazo con el que blandía la espada más certera que he visto en mi vida. Son pocos los que recuerdan la llegada del Extranjero en mitad de la niebla, bajo el manto negro de una noche sin luna, bajo la atenta mirada de los lobos huidizos y los espíritus perdidos.

    Llegó de madrugada, solitario, en silencio. Golpeó tres veces la puerta de la cabaña y Tarn, el Druida, me dijo que abriese. Recuerdo el pavor con el que me acerqué a la madera, el temblor de mis piernas. Estábamos en Samheim y pensé que era un espíritu, un ancestro en busca de venganza, pero el Druida había dado una orden directa, no podía desobedecer y abrí, topándome con dos pupilas siniestras, rugientes. El extranjero irrumpió en la estancia y preguntó por Loräl, todos callamos, Loräl había muerto durante el invierno pasado.

    Nadie puso en duda su llegada, nadie le preguntó la procedencia, solo mi alma aterrada se lo preguntó a lo largo de los meses que estuvo con nosotros en la aldea. Le temía. Quizá por eso Tarn me convirtió en su lacayo, en su sirviente. Recuerdo el tatuaje que recorría su espalda, un lobo aullando a la luna. Recuerdo su silencio apacible, la serenidad de su gesto en la paz y el odio desmesurado que esgrimía en la batalla. Recuerdo la sangre chorreando por su cuerpo, nunca suya, siempre de sus enemigos.

    Llegó cuando más lo necesitábamos, como si Loräl lo hubiese convocado. Los norteños atacaron por sorpresa, habríamos sido masacrados, pero él nos ayudó. Recuerdo verle solo frente al enemigo, imponente, implacable. En el pueblo todos lo consideraban un héroe, para mí nunca dejó de ser un espíritu, un diablo. Un diablo que ayudó a mi aldea a sobrevivir a aquel verano.

    Al marchar se convirtió en una leyenda, en un cuento que se contaba a los pequeños. El paso del tiempo hizo que pocos recordaran su paso por la aldea, yo nunca lo olvidé. Nunca olvidaré sus ojos negros, su espada bañada en la sangre de los enemigos, el dragón rugiendo en su brazo y el lobo saltando de su espalda para unirse a la batalla. Nunca supimos de dónde procedía, ni si era un héroe, un dios o un diablo…

    Pero el extranjero nos salvó y nunca podré olvidar la única sonrisa que me dedicó antes de partir, antes de abandonar la realidad para convertirse en leyenda.

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