IV Concurso de Microrrelatos Repentinos, Rincones Especiales


Un Café para el Amor

A mis cuarenta años, y después de criar a un hijo como madre divorciada, decidí echar una canita al aire. Había perdido a las amigas de toda la vida, felizmente casadas, y en el trabajo tampoco encontraba amistades masculinas o femeninas que pudiesen facilitar mi deseo. Por ello decidí recurrir a los anuncios de contactos en un periódico. Suena burdo, pero gracias a ello disfruté todo lo que mi libido ansiaba y mucho más.

Puse un anuncio en el que me describía como una mujer atractiva -lo soy-, que deseaba rehacer su vida al lado de un hombre que la mimara como a una princesa. Tuvo un gran éxito y pronto empezaron, tanto hombre jóvenes como mayores, a interesarse por la treintañera que anhelaba encontrar el amor de su vida.

El primer pretendiente que conocí era un profesor universitario. Nos citamos en una hermosa y moderna cafetería inaugurada recientemente en mi pueblo. Me pareció un hombre atractivo e interesante, muy varonil. Mis hormonas sexuales, ligeramente adormecidas después de un tiempo de inactividad, se despertaron con fuerza a la vida. Pero mi amigo, después de invitarme a un cortado en la cómoda cafetería, me pidió que nos encontrásemos en la ciudad y que me quedara a dormir con él. Yo estaba dispuesta a todo, pero no deseaba ir tan deprisa. Pensé que mi correo telefónico estaba lleno de posibles sabrosos manjares, por lo que no debía precipitarme. Con falsa honestidad le contesté que era demasiado pronto para jugar en la cama.

Mi segundo encuentro se produjo en la hermosa cafetería, situada a la entrada de mi pueblo, cuyo interior miraba a la calle gracias a los grandes ventanales por los que entraba airosa la mortecina luz de febrero. Llegué tarde muy a propósito. Inmediatamente supe que el hombre poco agraciado, pero de aspecto simpático, situado delante de la puerta, era mi cita. Era el único desconocido. Se llamaba Xavier y poseía unos bellísimos ojos verdes. Tomaba, extrañamente, un zumo, mientras me esperaba parsimoniosamente. Era un hombre aparentemente tranquilo. Me gustó charlar con él, pues era muy simpático y me dejaba expresarme sin tabúes. De hecho, le conté mi vida y mis sueños sin pensar, pues su aspecto reposado invitaba a ello. Pensaba que era un enfermero, ya que como tal se había presentado por teléfono. Cuando llevaba más de una hora charlando, me interrumpió para explicarme que era siquiatra. Me quedé muy sorprendida y entonces comprendí por qué me había concedido el placer de explicarme. Estaba acostumbrado a ello.

Nos vimos otras veces y experimentamos en su casa los juegos que invadían mis sueños de mujer con apetito sexual. Las endorfinas aparecían con ímpetu cada vez que nos veíamos. La locura me poseía, pero su falo, demasiado rápido al arrojar el fuego que lo invadía, no conseguía saciar mi voraz apetito; por ello, continué conociendo en mi amada cafetería otros pretendientes a mi casta vulva que, afortunadamente, consiguieron apagar mi volcán.

Maria Oreto Martínez Sanchis
Valencia



El rincón de la barra

Como el sol me da sueño, he acabado escribiendo de noche. Lo lógico hubiera sido escribir sobre la mesa de mi dormitorio, en vez de llenarla de discos y de camisetas planchadas. Pero debido a neurosis hereditarias, mi casa está específicamente diseñada para distraer. Lo más parecido que he podido encontrar a un Rincón, a una Cueva del Escritor, ya no existe como tal.

A mediados del 2010, unos amigos me hicieron entrar más allá del umbral de cierto bar de copas. Se accedía por unas escaleras que doblaban hacia abajo. Era como Cheers pero con música de los Doors. Era Choors. Las puertas de los aseos, en vez de llevar unos letreritos de caballero y señora, tenían pegados un cilindro largo y una tuerca de gran diámetro. Acabaron añadiendo letreros menos metafóricos porque los borrachos no estaban para sutilezas, pero fue uno de los detalles que me enamoró. Si hubiera sido un bar más, al terminar el mundial del Waka Waka no me hubieran vuelto a ver. Pero además las dueñas eran la simpatía y la inteligencia del pueblo, y un acuerdo común permitió que pudiera pasar allí unas horitas cada noche, con un cuenco de frutos secos y mi capuccino, a cambio de unos recados.

En el rincón más profundo de la barra, bajo una bombilla de tungsteno que amenazaba con dejarme ciego a largo plazo, me pude permitir un hábito creativo. Más tarde me dejaron una mesita aparte para poder liberar la barra los viernes y sábados: en comparación con los días entre semana, aquello era un subanestrujenbajen. Un sábado, en pleno concierto, me levanté de la mesita hacia el baño. Como siempre, me maravillé ante los símbolos metálicos de las puertas. Al regresar, un grupo de fiesteros disfrazados del final de la Segunda Guerra Mundial habían dejado sus chaquetones yeyé encima de mis hojas. No me enfadé, porque ¿qué hacía un veinteañero escribiendo en un bar de copas en vez de contrayendo comas etílicos? O quizá no me lo tomara a mal porque estaba concentrado y lo que no fueran mis esquemas pasaba a ser estática. También muchas veces me preguntaban si estaba copiando lo que decían. ¡Por favor! ¡Qué mala fe! ¡Si transcribiera tus conversaciones ni lo sospecharías!

En fin, tras varios meses siendo medio Murakami, se me acabó el chollo. Las dueñas traspasaron el negocio a otra persona, que tenía dos caras. Nunca supe si la auténtica era la que mostraba una sonrisa a todos, o la que me enseñó los dientes en un encuentro sin amigos delante. No volví a esa Cueva. Desde entonces, he traído a este mundo creaciones que me agradan más que las de aquella época, pero a costa de llevar dos años sin conseguir un hábito regular.

--¿Y por qué no escribes aquí en la biblioteca?
--¡Sshhhhh!

Víctor Pintado
Alpedrete,  Madrid


Un claro en el bosque

En el pequeño mundo del que os hablaré, no existen ni teteras ni pastitas ni un escueto desfile de tapas, tampoco libros pues las historias se crean a medida que los actores hacen su entrada. En este lugar, en donde miles de personas se dejan caer para gozar de lo que, de puertas para afuera, se les niega, risas y amistad brindan juntas. Mires dónde mires, hasta el más alejado rincón que tus ojos puedan alcanzar, existe lo que solemos denominar 'paraíso'.

Partiendo de una gran plaza y enfilando un estrecho callejón, andamio a la izquierda y tosca pared a la derecha, lo encontramos. Nada más entrar, la madera que lo cubre por completo, ya sea la barra o las paredes, te acogen cálidamente y te hacen sonreír. Una ley no escrita dice ‘prohibido entrar con tristeza, déjala en la puerta y haz sitio a la felicidad’ y lo mejor de todo esto… que al salir, no vuelves a recogerla.

Las horas transcurren y la música de fondo, entremezclada con cientos de conversaciones perfectamente acompasadas, inunda todo tu ser para poseerte. Puedes hablar con quien te apetezca, compartir una cerveza, previo brindis de rigor, y sentirte integrado en un mundo especial. Si observas, reconocerás la historia en el ambiente… Babel, pensarás… pero con un final totalmente diferente, pues noche tras noche, a pesar de que la historia se repita y que muchos de sus personajes también lo hagan, cada vivencia, cada risa, cada sentimiento, es diferente.

Sergi Orea
Microrrelato seleccionado para leerlo en 
La Biblioteca Encantada 35



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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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1 comentarios:

  1. Yabadabaduuuu!!!!!!! :P
    Felicitar también a María y a Víctor por sus relatos. La verdad es que aunque hayamos sido sólo tres, creo que se lo ponemos difícil al jurado. Pero que no se piensen que ésto cambiará, seguiremos inundando su correo electrónico con nuestras historias :)
    Después de haber estado un tiempo alejado de la escritura, he vuelto. Espero poder participar en todos los concursos que organicéis y, a los demás, deleitarles con pequeños momentos de placer literario.
    El siguiente, No soy un serial killer (acabado de enviar).
    Un abrazo muy fuerte a todos ;)

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