Siete temas diversos para ocho microrrelatos geniales


¿Cuál es tu favorito?

Nos han llegado ocho microrrelatos y es que, parece, cuando uno puede elegir el tema sobre el que escribir, todo resulta algo más sencillo. En esta ocasión ofrecíamos siete posibilidades diferentes. Ya hemos seleccionado el texto ganador, el que leeremos en nuestra próxima biblioteca encantada, pero seguro que, entre todos estos microrrelatos hay uno que te gusta en especial. Nos encantará saber cuál de todos ellos es.

Gracias a los ocho participantes, esto sigue creciendo, los microrrelatos nos ponen la cosa muy difícil a la hora de seleccionar y esto resulta muy provechoso para nosotros, por supuesto, pero también para todos los participantes, porque cada vez resulta más difícil ganar, más complicado superar a los grandísimos escritores con los que "competimos" sin necesidad de enarbolar banderas ni pintarnos la cara.

Porque este es un juego divertido en el que, al final, todos salimos ganando. Seguimos esperando vuestros textos para próximas ediciones, sois geniales.



Reflejos de Otro Mundo

Dicen que atravesó el puente con la esperanza de un porvenir mejor, sin saber que habría al otro lado. Que sus botas resonaron lentas en la antigua piedra, que a sus piernas les costaba avanzar, como si no se atrevieran a separarse de sus recuerdos y que el sudor se enfriaba en un instante, y cortaba.

Dicen que había calculado aquella huída hasta el último detalle, que de nada habría servido que claudicara de nuevo. Que había enterrado su orgullo en el fondo de una tumba de la que jamás permitiría que saliera y que poco a poco, se había dejado robar los derechos que tantos sacrificios habían costado, que hasta su familia lo había abandonado.

Dicen que atravesó el puente con la resolución de los desesperados en la mentira de un porvenir mejor, sin saber que habría más allá. Que al llegar al otro lado miró atrás y descubrió que todo lo que anhelaba solo era el reflejo difuso de lo que había perdido.

Dicen que la tarde refrescaba y que sabía que quedaba mucho camino por delante. Que no dudó, que se subió el cuello de la chaqueta, metió las manos en los bolsillos y echó a caminar entre una bruma que hacía incierto el horizonte.

Fernando Martínez


Parchecitos y Garabatos

Se encontraba moribundo, vagabundo, aquel hombre de barba, tez y ojos claros oscuros. Todas las personas lo miraban, pero callaban. Nadie, absolutamente nadie, entendía su proceder y menos su tonto caminar en la playa. Él mismo no lo entendía -¡Qué me pasa!- Por qué caí en este estado de pensamiento -se preguntaba-, simplemente, antes de caer en la arena suave. Por eso, todos los días, pedía ayuda, pedía auxilio, porque anhelaba tener de su amada, aunque sea pequeños trocitos, pedacitos de amor.

Ella, se llamaba Úrsula, una diminuta damisela que gozaba de una hermosura profunda, angelical y sensual. Pero a él, nunca lo había mirado, es más, nunca supo de su existencia. Él, siempre desfallecido y perdido. Ella, el motivo de tan desaforada pasión.

Una noche, perdido en el deseo infinito de sus fantasías y alegorías, soñó con los dioses griegos, entre ellos, encontró a Cupido, quien al ver tal flagelación le concedió un deseo: ¡Mira tú! Le dijo, mientras lo apuntaba con el dedo, -comerás del fruto de los deseos, pero a cambio, serás auténtico, serás único-, y al final, cuando Cupido quería insinuarle una verdad inminente sobre su amada, un viento ensordecedor terminó por helarle hasta la materia gris de su alma.

Después de ese suculento sueño, se levantó aún mas perdido de lo usual y cansado de escuchar toda la noche el cuchicheo en su cerebro, por fin comprendió que era hora de sacar de sus entrañas lo que jamás pensó que hacía parte de su ser. Agarró descuidado al odio, cogió desprevenida a la pereza. La tristeza sucumbió también al igual que la mentira. Y ni siquiera se salvó la alegría, ni la confianza, menos la autoestima, y con todo esos sentimientos encontrados, comenzó a escribir con la fuerza táctil de aquellas sensaciones, hasta que se dio cuenta que le faltaba algo, se le olvidó escribir sobre el amor.

Pero eso no le importó. Como pudo, agarró los retazos de ilusión pasada, regazos de aquel misterioso sueño y de su puño y letra, surgió la imagen difusa de unos tristes renglones que anunciaban: Oh dulce néctar, no tengo vida sin tu sabor a miel, mi niña querida, observa mis garabatos, esperando que con ellos me regales, aunque sea, trocitos, parchecitos de tu amor. 

Y de inmediato, salió corriendo al encuentro de su amada, que curiosamente en ese instante, se encontraba en un balcón. Pero créanme, nada raro en ella, ni siquiera lo miró.

De esa manera fue como este pobre hombre enloqueció. Divagó por el mundo sin un sentido y un rumbo fijo, perdido otra vez por eso que creía llamar amor, lo que tanto había buscado terminó por ser un simple espejismo. Nunca más se supo de sus vigilias y sus pasos vacilantes en aquel lugar, sin embargo, su amada no tenía la culpa de no haberlo correspondido, porque ella, hasta ese día, a nadie le había contado que era ciega de nacimiento.

César Eliecer Villota


Mi Cáncer

Por las noches oigo voces. Me dicen que si no apago y enciendo las luces de casa ochocientas veintiséis veces seguidas antes de irme a dormir van a matar a alguien. Obediente, repito la operación en todas las habitaciones. Cuando termino, me doy cuenta de que el dedo índice está hinchado y se le ha borrado la huella dactilar. De camino al dormitorio, esquivo las baldosas negras y solo piso las blancas. En la cama trato de conciliar el sueño. Cierro los ojos y empiezo a contar pistolas. Contabilizo hasta seis mil cuatrocientas veintitrés, pero entonces me desvelo porque tengo la impresión de que dejé el grifo del lavabo abierto. Las gotas resuenan lentamente en mis oídos.

Me incorporo y salgo a comprobarlo. En la cocina me cercioro de que el grifo está cerrado. Yo juraría que lo dejé abierto. Y, si vivo solo y tengo la certeza absoluta de que goteaba, no hay que ser Sherlock Holmes para  deducir que un extraño se ha colado en el chalet. Enseguida comienzo a respirar con dificultad; me tiemblan las manos y siento que una grieta se abre debajo de mis pies y me engulle hasta las profundidades. La frente se perla de sudor. Me duele el pecho. Al principio solo es una molestia débil, endeble, pero en apenas unos segundos noto como si una boca dentro de mí me hubiese hincado sus fauces y desgarrado los órganos.

Grito y caigo al suelo igual que un fardo de huesos. Mi cara se pliega. Parece un acordeón. Aprieto los dientes con tanta fuerza que se saltan los empastes. Levanto la camiseta del pijama y alrededor de mi tripa se dibuja un charco de sangre. Ya no me preocupan el grifo, ni las voces que me vuelven a repetir que esa noche asesinarán a alguien.

Me levanto con dificultad y atravieso el pasillo. En la cómoda busco las pastillas de colores. El jodido cáncer me está devorando los intestinos a traición. Lloro igual que si me estuviese derritiendo por los ojos. Echo la culpa al cáncer, pero sé que es mentira.

La culpa es de mi mujer. Ella era espiritista. Se ganaba la vida leyendo el tarot, echando las cartas y poniendo velas negras. Y sé que es su magia lo que me está torturando a todas horas, lo que está consumiendo mi estómago. Es ella la que enciende la radio que llevo en la cabeza, la que me hace sentir frío, la que cambia las cosas de sitio por las noches, la que me tortura para que apague y encienda las luces, la que me obliga a ser alguien que no soy. Hija de puta, le grito en la oscuridad, mientras me acerco con un hacha a la pared. Nunca debí emparedarla al otro lado del tabique.

Rubén Gozalo


No hay luz al final del túnel

Mi existencia es un continuo ir y venir por este mundo. En mi mente, no consigo encontrar recuerdo alguno de mi nacimiento y, cuando creo que estoy a punto de fallecer, cierro los ojos y, como si de una máquina de teletransporte se tratara, aparezco en un lugar totalmente diferente. Miro hacia abajo y os observo mientras mi ser vaga libremente por el azulado manto. Alargo uno de mis brazos y os acaricio, sonreís en las épocas que el calor azota vuestras vidas y quedáis maravillados. Cuando las temperaturas disminuyen, las hojas de los árboles bailan sobre vuestras cabezas al son de una melodía inexistente… pero no importa, la danza está ahí y yo, a modo de director de orquesta, marco las órdenes escritas en mi partitura personal.

Con el otro brazo, intento llegar a lo más alto, sea de día o de noche, intentando alcanzar a mis padres… pero nunca lo consigo. No soy capaz ni de acercarme lo suficiente para notar su caricia, amparados por una extrema oscuridad, permanecen allí, sin inmutarse a mis súplicas. Aún así, en lo más recóndito de mi interior, percibo toda su ternura, cálida de papá y luminosa de mamá… cómo me gustaría abrazarlos.

Es entonces cuando, llevado por mi tristeza y soledad, lloro. En ocasiones no puedo controlarme y os hago daño. Perdonadme. Espero que entendáis que la ausencia paterna es un dolor tan intenso que nubla mis acciones y que, perdiendo el control sobre ellas, me transformo en un monstruoso ser. Os podría prometer que no volverá a suceder, pero os mentiría, todos llevamos un demonio en nuestro interior y, tarde o temprano, consigue liberarse de las cadenas que lo mantienen cautivo para obrar a su libre albedrío.

Nunca eliminaré de mis ideales el hecho de conseguir alcanzar a mis padres. Mi existencia seguirá su camino, abrazo cálido dando inicio a la jornada y un tierno beso al anochecer, día tras días, año tras año… por toda la eternidad.

Sergi Orea Vilás


La nieve del verano

La pereza me empuja de vuelta a la cama, pero la venzo. Estoico, me levanto. Me estiro. Bostezo. La mano de Sharon se agita bajo la frazada: What´s the time, darling? Suspiro. Me pongo de pie.

Es una suerte que este departamento tenga vista hacia el parque, así puedo abrir las persianas y admirar el primer día del verano. What time is it, darling?, su mano me ha cogido del pantalón del pijama, me jala. It´s eight, dear. Eight. La misma hora, pienso. La carretera estará vacía, toda para mí y mi tabal en el techo.

El calor del verano me alcanza. Alucinado, escucho con claridad los graznidos de los pelícanos, gaviotas, piqueros. El rumor del mar. Siento la arena hundirse bajo los pasos que me llevan a la ventana. Sonrío. El verano. Las olas. El sol acariciándome.

Abro la persiana. Frente a mí, la helada planicie blanca me transporta. Aprieto los labios. Miro el reloj: A esta hora la carretera sería mía. Y Sharon, sentada en el borde de la cama: Has it snowed again, darling? Sí, Sharon. Otra vez ha nevado en verano.

Cesar Klauer 


La llave en la buhardilla

Hace dos días que hay nueva vecina en la buhardilla. Tras el ajetreo del traslado y el  baja y sube del ascensor con los bártulos, no he vuelto a oír ningún ruido. Mi curiosidad me lleva a subir el rellano que me separa de la octava planta y echar un vistazo. La puerta está entornada con la llave en la cerradura. Toco con los nudillos, saludo; -hola, ¿hay alguien?-. No hay respuesta. Accedo al interior, a la cocina, de ella paso a una salita con su techo inclinado y una gran claridad proveniente de dos amplias claraboyas, luz que incide en una alfombra con mucho color y a falta de sofá para sentarse, muchos cojines grandes y mullidos.

Me recuesto. En una mesita auxiliar parpadea un equipo de música que ha terminado las pistas del compacto puesto a sonar. Oprimo el botón de play. Me inunda la música que atora cualquier otro sentimiento y solo respiro suave y rítmicamente, hasta que un pequeño ahogo me hace hipar y después dos largos caminos de sal recorren mi cara hasta la barbilla y se descuelgan hasta el abismo de la alfombra con mucho color.

Por mi cabeza pasan imágenes muy rápido, muy rápido y me siento mareada. Pasado este trance solo tú en mi cabeza y un montón de preguntas, interrogaciones  sin respuesta y…vuelven los caminos de sal a surcarme como puentes que no sé a dónde llegan. ¿Ahora estaría contigo? ¿Quedaríamos para ir al cine o salir? Si estuvieras no hubiera subido hasta esta buhardilla, ni hubiera entrado, ni me hubiera recostado sobre los cojines, ni escuchado esta música, ni…

Apago la música y a pesar de lo bien que me sienta ese sol, ese relajo, esa melodía ese no sé qué que se respira allí decido marcharme. Cruzo la salita de la alfombra con mucho color, paso por la cocina y llego a la puerta en la que encuentro un post-it pegado con mi nombre que dice:

-¿Te gustó? Vuelve cuando quieras, siempre tendrás la llave. Tu nueva vecina.
                                                                                                                  
 Soledad

                                                                                              Daniela Bartolomé


El Sr. Leber

Manejaba por la carretera 77. Lo encontró divagando en un desvío y, conmovido, lo subió a su vehículo enrumbándose nuevamente a casa. En el trayecto, nota que el animal aúlla inusualmente mientras mira por la ventana. Cuando llega, acude al ordenador, busca información sobre el extraño animal y lee: "Ésta rara especie, a punto de la extinción, extraordinariamente posee la facultad de percibir personas enfermas con avanzado cáncer de hígado y llora mirando hacia la luna."

César


El mal del olvido

Mi abuela Dulce no habla, ni anda, ni actúa jamás como las demás abuelas de mis amigas. Lleva bastantes años postrada en una cama, sumergida en un mundo aparte en el que hay lugar para tiempos remotos pero donde no cabe el presente. Mi madre me explicó hace poco, con palabras muy claritas, que sufre una enfermedad devastadora llamada Alzheimer y que es como si de pronto el olvido te barriera el cerebro y lo convirtiera en un campo de batalla después de la guerra: vacío y sin posibilidad de que crezca en él la vida (para nosotros la esperanza de verla recuperarse). El que padece este mal no se acuerda de nada y pierde hasta la noción de sí mismo.  Los que lo vivimos desde fuera vemos como nuestro familiar que era pura historia regresa a un estado de infancia que no le corresponde… lo único que la sigue estimulando es el cariño, que al final resulta ser la base para la formación del alma desde que somos pequeños. 

María Jesús Juan

Share on Google Plus

Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
    Blogger Comment
    Facebook Comment

4 comentarios:

  1. Para mi, no hay duda, Reflejos de otro mundo, de Fernando Martinez.

    Aunque claro..., ahora que pienso..., también está bien buscada la historia de Parchecitos y Garabatos, de César Eliecer Villota.

    Pero no es posible no sonreir con malicia ante la historia Mi Cancer, de Rubén Gozalo.

    En fin..., mejor no sigo porque sino mencionaré a los nueves relatos..., aunque solo haya ocho.

    ResponderEliminar
  2. Jejeje. la verdad es que hay ocasiones en las que parece imposible decantarse por un solo texto... y a nosotros nos ocurre casi siempre, porque casi todo lo que recibimos nos encanta.

    Un saludo Quanta, esta noche se podrá saber el elegido.

    ResponderEliminar
  3. ¡Así es! Lees y lees y seguimos dando vueltas a todo lo escrito. Pero lo que importa es lo escrito, que es lo que cuenta para los que se relajan y rebelan con la pluma en sus escritos.
    Veo que Daniela toca todos los palos del (FLAMENCO).
    Interesante aportación.

    Saludos


    antonio

    ResponderEliminar
  4. No hace más de tres meses que la sufro. Es un poco extraña, pero bastante gente la sufre. Consiste en que el cerebro se
    congela, no sabes que decir, te quedas paraliazado e inmovil aunte las palabras de alguien- Al intentar hablar,
    titubeas. Intentas hacerte el tonto, y asentir a cada palabra que escuchas. Habló de... ¿cómo se llamaba? Mmm, ¡Ah! Ya, es estar enamorado.

    ResponderEliminar

Bienvenido Radiolector. Estamos encantados de recibir tu mensaje. Solo te pedimos que no publiques spam raro de ese y que seas respetuoso con todo el mundo. Saludos desde las Almenas.