Dragones y Steampunk


Nuestro XVI Concurso de Microrrelatos Repentinos

En esta ocasión hemos recibido un buen puñado de estupendos microrrelatos, pero no os diremos eso de que nos ha sido muy difícil decidir el vencedor, porque pusimos en ese aprieto al invitado al programa, Josué Ramos Casal, eso sí, creo que acertó, porque el texto ganador es una auténtica pasada que os invito a escuchar en  La Biblioteca Encantada 46...


Una Carta desde el Infierno


Viernes, 18 de abril de 1856

Estimado amigo,

Quizás esta sea la última carta que pueda escribirte, Robert. Ni siquiera estoy seguro de que llegues a recibirla, pues el Servicio de Correos de Su Majestad no parece activo desde el pasado ataque. Si puedes leerme, toma buena cuenta de este consejo: corre.

Como ya te comenté con anterioridad, mi querido amigo, ni siquiera las más modernas máquinas son capaces de detener el implacable avance de estas criaturas infernales. La mayoría de ciudadanos de Londres han sido evacuados, o al menos esa era la intención; sin embargo, no hay forma ni por tierra ni por aire de que ningún vehículo atraviese los custodiados límites de la ciudad. Hace una semana, poco después de mi anterior carta, se hizo un intento de evacuación mediante un híbrido dirigible. El artefacto en cuestión, lo más moderno que se ha creado, contaba con lanzadores de arpones, además de una amplia cantidad de ametralladoras. La idea, por supuesto, era no solo sacar civiles de aquí sino también conseguir derrotar, o al menos herir, a uno de ellos. Decir que fue un desastre es quedarse corto, Robert.

No quiero extenderme, ya que el siguiente ataque es inminente según el Servicio de Inteligencia. Simplemente necesitaba hacerte partícipe de este conocimiento, con la esperanza de que tú y tus seres queridos seáis capaces de dejar el país a la mayor brevedad. Puede que en el continente haya alguien capaz de descubrir una forma de eliminar a estas aberraciones de la naturaleza, y la misión que me permito encomendarte es que la encuentres. Nosotros estamos ya condenados, pero aún puede haber esperanza para el mundo.

Una cosa más, amigo mío: estamos casi seguros de que estos engendros con alas no son seres completamente vivos. El humo que, como te comenté en otras ocasiones, sale de sus fosas nasales, nos ha hecho pensar que son, de alguna manera, algo intermedio entre un animal y una máquina. Si hay alguien tras su aparición es algo que no podría decirte, aunque así lo creo. Lo sé, Robert, parece una locura pero, ¿qué otra explicación habría? ¿Acaso Nuestro Señor permitiría que la naturaleza creara tales aberraciones?
Cuídate, mi muy estimado Robert, y si no volvemos a vernos, desearte lo mejor.

Tu amigo,

D.J.S.


David Herrador - Madrid




     Sangre Inocente         

Londres.  Sus Calles repletas de carruajes irradiaban color, luz, esperanza para tantas personas que vivían con la incertidumbre del mañana.

Gala, en el interior de uno  de esos carruajes que se dirigían al exterior de la ciudad, comenzaba a aborrecer  todo aquello que amaba. Su mente recordó hechos vividos esa misma mañana, recuerdos, que preferiría olvidar…

Lord Finn, su padre, leyendo el “London Daily”, parecía mostrar interés  en tan solo  un artículo. Gala  acercándose para ofrecerle un ligero beso en la mejilla, aprovechó  para desviar la mirada hacia el artículo en concreto.

Su rostro, juvenil aunque firme, reflejó de inmediato su disconformidad con lo editado. Luna, y toda su estirpe, iban a ser aniquiladas. Algo en el interior de su cuerpo menudo se agitó violentamente ¿Aniquilada? Luna, su niña, su vida… 

Sus ojos lloraban sin lágrimas, vacíos por el dolor, sin esperanza....

Asustada  por semejante tragedia, pidió a Alfred que preparase de inmediato su carruaje.

-Deprisa Alfred, Luna está en peligro…

Tan solo Alfred conocía su secreto. Éste, preparó el carruaje ágilmente,  asió las riendas  y, tras comprobar que la señorita Gala se acomodaba adecuadamente, instó a los caballos para que galoparan sin tregua.

Varias calles más abajo Gala observaba apesadumbrada la lejanía de su destino. No estaba dispuesta a permitir semejante crueldad.

Escuchó el aleteo estruendoso en la inmensidad de un océano cargado de una tensión casi palpable, el cielo. Las imponentes figuras allí trazadas, devolvieron una sonrisa momentánea a su rostro. Luna, su amiga, volaba con sus enormes alas a muy baja altura. Sus ojos rojos como un fuego alumbrado al anochecer, me observaban…

Eran ajenos a lo que les  iba a ocurrir.  Si no huían, padecerían a manos de una humanidad sin escrúpulos. Mentes arrogantes,  superficiales…

La misión de esta manada compuesta por cinco dragones, dos de ellos visiblemente más jóvenes, era proteger a todos los ciudadanos, sin excepción, de las garras de Láceron. Su maldad sin límites era impenetrable. Insuperable…

Como de costumbre, la aristocracia decide el destino de todo aquello que les rodea, sin pensar siquiera en la opinión de una mayoría, una clase social más baja, pero más humana…

Aquellos que ahora  alzan la voz pidiendo justicia, comprensión…Únicamente ellos que no disponen de medios para alejarse, padecerán el aliento de fuego de estos seres que solo querrán defender su perpetuidad…

Gala, desconocía la clase de arma que utilizarían...Imaginaba que la trampa estaría ubicada en el interior del refugio de los dragones. Una cueva inmensa  que se encontraba en la Colina  del Parlamento.

Inmediatamente, tras apearse del carruaje, corre al lugar donde suele reunirse con Luna. El lugar donde se encontraron por primera vez…El parque Hampstead Heath...Luna, que observaba todos sus movimientos, se aproxima, e interpreta los gestos de su amiga con una clara facilidad. 

Se incorpora para facilitar que Gala se acomode en su lomo, y alzando  el vuelo se dirigen a la colina. Su refugio…

Tras un fuerte estruendo, un calor abrasador comienza a quemar sus mejillas…La dinamita ha sido detonada…La guerra a comenzado…

Esther Sanz
Irún - Guipuzcua




Caos en cielo y tierra


Con el corazón encogido, una dura batalla se libra en mi interior.  Un torrente  de inquietantes pensamientos nublan mi mente. La tenue luz de la noche, acentúa el incesante bombeo de ese maravilloso artefacto que apareció, hace tan solo unos días, en el interior de mi modesta pero apacible alcoba. ¿Cómo habría llegado hasta allí? Sus características eran de una naturaleza desconocida…

Con ojos lacónicos, observo  con recelo un metal ovalado de donde resurgen brillantes colores iridiscentes. Delicadamente, sujeto el artefacto y lo examino minuciosamente, como he venido haciendo durante estos largos y lluviosos días. Días en los que aún no he sido capaz de abandonar el interior de un lugar donde realmente me siento seguro, pero tengo que armarme de valor, e ir en busca del profesor Richard. Necesito averiguar la naturaleza de este artefacto,  su función…

¿El destino habrá  querido enviarnos  un arma con el que contraatacar a Isarus y Callahat? Esos dos seres están destruyendo  gran parte de nuestros hogares. Las gentes que en otro tiempo abarrotaban las calles de Londres, son incapaces, al igual que yo, de abandonar la seguridad de sus casas. Los víveres escasean. Debemos construirnos una coraza, tenemos que armarnos  del suficiente valor para combatir contra esos monstruos alados…

A través de su mandíbula prominente exhalan un fuego abrasador, incandescente…Seres maravillosos pero perturbadores, destruyen todo lo que amamos, lo que con nuestro esfuerzo nos ha costado levantar, con nuestras manos, palabras, frases, pensamientos…

Tantos hombres, jóvenes, pereciendo en el fraguar de la batalla…Ni las armas, consiguen mellar ni un ápice su inmenso cuerpo…

Sí, voy a inspirar hondo, voy a salir y que dios me bendiga…

Corro exasperado los pocos metros que separan nuestras casas a través de una lluvia de grisáceas cenizas. Mi rostro se viste de tristeza…agarro con firmeza el artefacto esperando a que Richard, un científico venido en años, oiga el golpeteo de la puerta de entrada.

-Richard, por dios, ábreme. ¿Richard?- me preparo para echar la puerta abajo. En esos momentos se abre y sobresale de ella el rostro del científico. Mostraba signos de cansancio…Su tez arrugada se escondía bajo una mata de pelo canoso, nunca le había visto tan desaliñado.
- Pasa querido amigo. ¿Qué te trae por mi humilde morada? Qué estupidez, como si no lo supiera. Vienes a buscar una solución. Agradezco tu confianza Alfred,  pero creo que has venido al sitio equivocado.
- No lo creo. Mira esto. Apareció en mi casa, sin más.- mis manos tiemblan esperanzadas.
-¿Cómo pudo llegar a tus manos? Pensé que lo había perdido, lloré creyéndolo destruido…Es uno de mis tantos inventos.- Sus ojos brillaban, su desconsuelo se esfumaba…

Abrió cuidadosamente el mecanismo del artefacto  y de él comenzó a erigirse una gran pantalla iridiscente. Richard, boquiabierto, aproximó su mano  deslumbrado por semejante visión...Se giró en dirección a Richard buscando en sus ojos unas explicación.

-Ahora que lo hemos recuperado, debemos aproximarnos  a su asentamiento y conseguir que penetren en este portal- dijo Richard mientras corrían hacia su destino…

Esther Sanz
Irún - Guipuzcua


Eterna

La llamaban: la última obra. 

Pocas personas sabían que existía, pues fue pasando con el tiempo de hombres poderosos a hombres poderosos, visible para muy pocos ojos tan vanos que creían aumentar su valor ocultándola al pueblo. Y era al pueblo, precisamente, a quien tocaba esa última pieza. 

Bronce, madera y latón y papiro y tantos otros dones de la gran madre para dibujar la forma definitiva, aquella que lo hizo afirmar, extasiado, «La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte». 

Y arte inmortal era; bello sueño; poder, belleza y asombro moldeados a lo largo de toda una vida, pieza a pieza. Vértebras de órgano renacentista, grandes tubos de latón bañados en oro de los que surgía la melodía. Escamas repujadas en platino y teñidas por una desconocida alquimia, cada una en un color diferente y todas ellas de una albura que bajo el sol hería los ojos y bajo la sombra, el corazón, llevándolo a un éxtasis de llanto escarlata. Una gran cabeza de saurio, con tres cuernos –blanco y negro (Sol y Luna) y rojo en el centro (la piedra que sueñan los sabios)–, ojos de madreperla y una boca de caninos moldeados en diamante. Y lo más hermoso, dos enormes alas moldeadas en armazón de caoba y palisandro y las membranas del más bello papiro, en colores primarios que anticipaban el expresionismo siglos antes de su albor. 

Pero el mayor secreto era la melodía, aquella melodía de una belleza imposible que surgía en un patrón eternamente variable de cuatro notas a través de las vértebras tubulares de su columna. 
Se fueron el dieciséis, el veinte, el veinticinco y nadie pudo descifrarla. Ni siquiera cuando los poderosos se cansaron de disfrutarla en privado y tratar de desentrañar su secreto y desvelaron a los diez mil millones de almas su existencia, se consiguió alcanzar la matriz de su significado. 
El tiempo fue pasando y la humanidad dio el salto genético, tocó sus propias notas en la doble espiral divina que era fuente de vida y de cambio. El planeta quedó abandonado y solitario, devuelto a los viejos tiempos de esplendor arbóreo y salvaje belleza. 
Sin embargo, la gran y última obra quedó preservada. En un orbe irrompible, sin mácula alguna, se lanzó a los cielos para orbitar, eternamente, alrededor del bello planeta azul como un último homenaje al gran genio y a nuestra especie. 
Mucho tiempo después, cuando el orbe que encerraba la última obra circundaba la cintura de un planeta muerto, una joven raza descubrió el opus magnum.
Era esta raza música viva, melodía orgánica en todo color y toda forma. Y aunque les llevó tiempo (pero tiempo, para ellos, era pentagrama infinito), descifraron el gran secreto. 
Era un breve mensaje, una espiral áurea sonora reducible a una sentencia de dos palabras: 
«Seguid soñando». 
Sin labios que expresaran sonrisas, la joven raza sonrió. 
Y llevo la pieza a todas las consciencias del universo, para que su secreta melodía ardiera desnuda por siempre. 
Eterna. 

<>Ángel Sucasas Fernández
Valdoviño – A Coruña - Galicia


Los dragones de la reina

El ingeniero martilleó con fuerza en la dura carcasa de escamas. El pobre animal se revolvió debajo, tratando de escapar de la armadura que le habían colocado. Su ingeniero no le dejó, le empujó y le obligó a volver a la arena de juego. Mientras lo hacía, lloraba de pena.

Miró los lagartos gigantes de Inglaterra empujando a los de Francia, presionando. Iban a ganar, pero al ver cómo estaban las escabas de cobre y sulfuro, supo que las reparaciones iban a ser costosas. Por no hablar del cuerpo de los dragones, podía ver el vapor tornándose rojo y llover sangre por el suelo. Al pobre animal que acababa de mandar de vuelta estaba desangrándose a pasos rápidos y no tenían médico o veterinario para curarles. Nadie creía que fuera necesario, no había que preocuparse por los dragones, en las praderas irlandesas había muchos lagartos hiperdesarrollados a los que poner una armadura de juego.

El ingeniero escuchó el sonido de una trompeta y exclamó horrorizado. Sus compañeros alrededor hicieron lo propio y ninguno sin excepción accionó los mandos para ordenar a los dragones que volvieran. El vapor de los pistones y el movimiento de cabeza de estos les mostraron que estaban confusos, pero obedecieron. Los lagartos franceses tardaron más en reaccionar, o puede que estuvieran tan mal heridos como su propio animal y cayeron ante una mansalva de fechas que llegó desde diferentes puntos del campo de juego, haciendo que el público estallara en vítores. Vieron caer los pesados cuerpos y sus armaduras: Inglaterra había ganado el juego con solo una baja, la de su animal.

El ingeniero la llamó Spring, porque fue cuando la encontró y sus escamas eran del color de las flores. Los demás le ayudaron a arrancar las escamas de metal y dejarla libre: estaba muy mal, pero le miró con sus ojos azules como el cielo y supo que le estaba sonriendo. Escuchó la fanfarria de la reina y todos, incluidos él, se apresuraron a taparse más la cara. A fin de cuentas, nadie debía saber que los ingenieros podían ser mujeres, ni la monarquía. La niña reina les sonrió a todos, felicitándoles por su estupendo trabajo, miró al pobre dragón herido, a su ingeniero e hizo un gesto despectivo.

—Matadle —exigió y se fue.

Pero ningún miembro del equipo le hizo caso, si no que usaron a otros gigantes para mover el cuerpo y dejarlo reposar en su nido.

La señorita Prim, nombre real del ingeniero, escuchó como unos pasos rápidos resonaban por el hangar de nidos. Se giró para mirar a su hijo y su mascota: otro dragón, el hijo de Spring. Al ver su cara de preocupación, le sonrió y comenzó a preparar vendas, aguas y cualquier remedio que el trajeran sus compañeras. No, ningún lagarto podría sustituir a Spring, por muy moribunda que ella estuviera.

Laura López Alfranca
Madrid

Las puertas de West End


Apenas terminó de mojar la pluma en el tintero, el médico sintió una sacudida que recorrió toda la estancia. Los focos de gas del candil principal parpadearon su luz. Suspiró. Sacó de la leontina a rayas su reloj y vio que los números romanos señalaban las tres de la madrugada. Puso orden en el escritorio y, cuando se ponía de pie, un lejano bufido lo preocupó. Pensó en el dragón 5805 que ha venido dando problemas desde hace una década. ¿Qué hubiera sido de este mundo si los últimos de esa especie se hubieran extinguido? Fue lo único bueno que dejó a la humanidad la Cuarta Guerra Mundial. Lo único. Lo peor es esta Nueva Era Glacial. Solo el cálido aliento de los dragones reventando sus agallas en las calderas a vapor han hecho posible el calor en todos los hogares.


Volvió a suspirar. Se cerró la capa negra y se puso el sombrero de copa. Tomó el maletín con el material quirúrgico y salió rumbo a Whitechapel. Nada debe distraerlo de la noble tarea de castigar a esas alimañas tumefactas llamadas prostitutas. Nada. Ni siquiera un molesto animal inadaptado como ese maldito dragón.


Eliseo Carranza Guerra
Monterrey - México


Esperanza tras la niebla

No. No sucumbiré…Aunque mi corazón me obligue a vengarle, no sucumbiré…Mis manos rodean su esbelto aunque definido cuerpo. Nuestro reflejo en el lago The Sepertine nubla mis ojos. Lágrimas de impotencia recorren mi rostro. Debo olvidar mi tristeza. No debo divagar en mis pensamientos. Tiene que prevalecer la cordura…Por ti, por cuantos confían…

Sujeto con firmeza su ya inerte mano y lo poso cuidadosamente sobre una hierba humedecida por el rocío. Agarro cuidadosamente la promesa de nuestro destino. Un destino que para mi gran amigo ya se ha forjado. Un artefacto diseñado para destruir… 

El espesor de la niebla dificulta mi visión. Debo hallar su paradero… Me  giro lentamente tras notar un aliento cálido a mi espalda. Paralizado por el miedo observo unos ojos color tierra. Me miran con curiosidad. De repente, se escucha un enorme estallido. Han detonado las demás bombas. Asustado, el dragón, se aleja volando perdiéndose en la lejanía, resguardándose entre las tinieblas…Era muy joven, y también tendría que lidiar con su soledad. Merecía una oportunidad, al fin y al cabo, él me la había dado a mí…

Manipulo el mecanismo de la bomba hasta conseguir desactivarla y me dejo caer sobre la fresca hierba…

- Viejo amigo. Estoy seguro que hubieses hecho lo mismo, si no es así, perdóname. No dejaré que nadie olvide quien fuiste… Para mí, el mejor amigo del mundo, para Londres, un héroe…

La niebla se va disipando. La gente, nerviosa, corre al encuentro de sus seres queridos. Sortean carruajes volcados, adoquines rotos… Todo Londres está sumido en el caos pero pronto comenzarán a reconstruir sus vidas…

Esther Sanz
Irún - Guipuzcua


Buscadores de Leyendas - (Ring Geld)

El sonido de la compuerta estanca al abrirse fue, para Herr Klingen, la melodía del éxito. Apenas terminaron de hacer girar la manivela, se aferró a la escalerilla y puso pie a tierra.

—¡Enciendan los faroles!

La orden del capitán Lorrihen se cumplió de inmediato, de modo que una guirnalda de luces doradas cobró vida a lo largo de su transporte telúrico. Eso hizo visibles los estragos sufridos durante el viaje: profundas cicatrices marcadas en el acero de Sheffield; ruedas dentadas con las aristas melladas o dobladas; restos de magma adheridos a la coraza de metal... huellas palpables del combate entre el Sigfrido y las fuerzas de la naturaleza.

Ya se preocuparían por eso más tarde. Ahora sólo le importaba la maravilla que tenía ante los ojos.

La luz de gas no alumbraba más de cincuenta pies, pero incluso a esa distancia el espectáculo era magnífico. Costillas de proporciones colosales, cuya superficie lechosa refulgía purpúrea. Escamas cobrizas, agitadas probablemente por el Sigfrido, meciéndose sobre ellos en la quietud del aire. Y allí en lo alto, apenas perceptible en la distancia, la bóveda titilando en tonos carmesíes.

Los ojos se le empañaron ante semejante belleza. El esfuerzo de los últimos diez meses al fin daba frutos. Cuando regresara a la superficie, les haría tragar a los miembros de la Sociedad Geográfica cada una de sus arrogantes réplicas. ¿Así que la historia de Sigfrido y el monte Drachenfels no era más que un cuento sin fundamento histórico? ¿Qué los nibelungos sólo existieron en la mente de los bardos? Había gastado la mayor parte de su fortuna, sí, pero el precio era pequeño en comparación con lo que iba a obtener: un lugar en los libros de historia.

El resto de la expedición comenzaba a reunirse en torno al señor Lemoraix, que estaba ajustando la cámara fotográfica entre frases de admiración. Sólo el capitán Lorrihen permaneció en el Sigfrido, asomado a una escotilla.

—Por favor, colóquense todos juntos y tomemos la primera imagen de unos hombres en la tierra de los nibelungos —propuso Lemoraix conectando el quíntuple flash de magnesio, diseñado para obtener fotos en aquellos abismos.

Herr Klingen pasó un brazo por encima del profesor Martinn, que sostenía una geoda con expresión orgullosa, mientras la señorita VonFeldin, la especialista en mitología cuya teoría le había llevado hasta allí,  guardaba las maneras al verse rodeada por media docena de tripulantes.

El flash lanzó su imponente destello, cegándoles momentáneamente, y entonces comenzó el caos.

Primero fueron los gritos desde el Sigfrido, apremiándoles para que volvieran al transporte. Herr Klingen se alarmó, pero mantuvo la calma.

Después fue el bramido, ronco y mantenido, que retumbó en la caverna.

Miró por encima del hombro el tiempo justo para adivinar que algo se movía en las tinieblas, delatado por el resplandor de las luces. Apenas un segundo después, una llama prendió en mitad de esa oscuridad y se extendió hacia su posición.

Al fin y al cabo, quizás los bardos habían omitido algún detalle de la historia.

Rafael González
Hispania
Microrrelato ganador del concurso



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Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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4 comentarios:

  1. Me ha encantado la idea de insertar dragones en un universo Steampunk. El relago ganador me encanta, especialmente la fina ironía del final. :)

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  2. Heeeeyyy!! He Ganado!!! He Ganado!!!
    Baile de la victoria, Baile de la Victoria!!!!

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  3. jajaja. Que entusiamo...realmente has ganado merecidamente. Un gran relato. Me ha encantado.Enhorabuena...

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  4. La verdad es que sí, el relato ganador es genial, pero los demás no le han ido a la zaga. Es un verdadero privilegio el poder contar con tan estupendos escritores en nuestro castillo.

    Saludos y enhorabuenas.

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