Fantasía Oscura en La Biblioteca Encantada



La Muerte Soñada

El tráfico de la avenida cercana ocultaba con su ruido lo que se escondía en el callejón oscuro y olvidado que daba a la Calle 86. Una joven de 25 años de pelo rizado y castaño penetró en su oscuridad, le había parecido escuchar una petición de ayuda. Ante ella, al final del callejón, se alzaba un edificio con el número 666 sobre el dintel de su puerta. De allí procedía la llamada. 

Entró allí, había un ascensor y escaleras. Optó por usar las escaleras hasta la zona de la lavandería. Accedió a la lavandería y sintió que sus piernas flaqueaban. Podía escuchar un móvil sonando en algún lugar. Era una melodía tétrica y oscura como la de su propio móvil. 

Las luces fluorescentes parpadeaban allí dejándole ver un cesto para la ropa, y una botella de detergente en el sueño colocada al descuido. También junto al banco percibió unas gotas de sangre. Sangre fresca. 

Sonaba el ruido de la secadora dando vueltas a la ropa recién lavada. Una fuerza parecía atraerla a esa secadora mientras que por otro lado ella se decía: “Sal de aquí ahora mismo será mejor para ti.” 

Mas ya había dado varios pasos y desde donde estaba podía ver como la ropa daba vueltas allí dentro. La ropa... y ¡algo más que la ropa! Se acercó más y miró detenidamente a través del cristal. Podía ver la cabeza de una chica en su interior. No le veía la cara. 

Entonces se detuvo la secadora. La cara de la joven se hizo visible. Un grito de horror salió de sus labios. Un grito silencioso que nadie podría jamás escuchar. Ella había escuchado su propio grito. Ella era la joven muerta encerrada en el interior de la secadora... 

Lejos, en algún lugar, un despertador comenzó a sonar. Una joven de pelo castaño se levantó con un grito de terror. Había tenido una pesadilla, pero esta había sido muy real. El despertador la había despertado cuando gritaba de terror al ver su cuerpo inerte. Esa pesadilla le había dejado un extraño vacío en su interior.

Miguel A. Mateos Carreira 


Vivir tus sueños

La noche lo cubría todo. Siempre había pensado que la oscuridad era su refugio, pero después de lo sucedido hace apenas unas horas, pensaba todo lo contrario. Debido a su carácter retraído, casi antipático, se ha quedado sola, como casi siempre había estado. Tan solo acompañada por esas imágenes que de vez en cuando la visitaban, nunca había hablado de ellos, por no parecer una loca ante los demás, pero aquellas almas le hablaban y la acompañaban en los sueños.

Virginia se acostó, cerró los ojos y pensó  no soñar, no quería verles de nuevo, no quería que sus voces le calaran hasta la medula, le hacían sentir un frío anormal en pleno verano. No los quería sentir, pero el sueño le venció y ahora su respiración se torna en un susurro. Pero tiene los sentidos alertas y en la oscuridad de su habitación, comienzan a llegar… son varios, susurrantes palabras de hielo, caricias heladas, gemidos de dolor y peticiones extrañas… “mírame, yo no tengo ojos y te puedo ver” Aquellas palabras, le taladraban los oídos, el olor fétido de un aliento muerto le revolvía el estómago. No quería abrir los ojos, si los miraba estaba segura de que  moriría, quedaría exenta de vida. Prefería creer que soñaba… sabía que no lo podía disfrazar “ven… Virginia ven, ¡ayúdame! La voz era de una niña, Virginia temblaba, era su voz y no hablaba ella. “Yo no he muerto, estoy viva –se decía una y otra vez.

Abrió los ojos, no lo resistió. Se quedó con la boca abierta al ver a su alrededor, las paredes tapizadas de seda, con olor a formol. Y ella, vestida de encaje y seda, tan negra como la oscuridad que la rodeaba, quería huir, pero manos huesudas, caras siniestras, sin ojos y sin lenguas, jadeaban mientras cerraban otra puerta, empujando con ella a Virginia, que grita sin voz, sin poder respirar.

La oscuridad absoluta, el silencio total, el aire ácido, le hizo despertar dentro de dónde siempre había estado, le faltaba el aire, ahora quería regresar y dejar de soñar… “Virginia, ven, no te resistas más”

Oscura Forastera
Torrijos – Toledo


Ansiedad Nocturna

Hace frío.

No sé por qué mis piernas me siguen llevando por ese camino. Más abajo. Donde moran las sombras.  Oigo sus voces… ¿Qué dicen? No lo sé.

Me cuesta respirar. Sé que el abismo está ahí. No puedo verlo, pero sé que mis pies me llevan a él. Sé que algo no va bien. Un escalofrío desde mi cintura me lo dice. Voy a ese lugar. Reconozco la estructura, casi puedo leer los rótulos… ¿pero cómo? Jamás lo he visto. Las voces hablan más alto, sisean, gritan, rugen.  No quiero ir allí…

Salto sobre las rocas. En cada momento, tengo la sensación de que me voy a caer, de que me ahogare en la oscuridad, pero en el último instante, alcanzo la roca, me incorporo y sigo…  preguntándome a mí mismo… ¿Por qué sigo?

Algo se mueve cerca de mí. No lo veo, ni oigo sus pasos, no sé si se arrastra o flota… pero está cerca. Me echo a correr. Sé que cada paso me acerca más hacia allí, pero no puedo dejar de huir. Quiero ir en otra dirección, parar, pero sigo acercándome inexorablemente allí… ¡maldita sea!

Las voces ahora son susurros cercanos, oigo sus palabras, pero no entiendo… no entiendo… no entiendo por qué sigo yendo hacia ese sitio.

Ahora casi he llegado .Un torbellino de imágenes pavorosas pasa ante mis ojos. Una conocida música se retuerce y finalmente se apaga. Estoy a punto de llegar y siento que el horror más absoluto va a suceder, y quiero cerrar los ojos para no ver… y escucho las voces. 

Por fin lo comprendo. Esas voces son ecos de mi propia voz. Las oigo claramente.

“Esto no es real. No puede ser real. Despierta, ¡vamos!”

Y abro los ojos en medio de la oscuridad, pero…

Tengo frío.

Víctor Chosed
Gran Canaria


El poder de los sueños

-¿Y los sueños? – Pronuncia Daimon mirando hacia la ventana.- ¿Dónde está el poder que me falta?
-No hemos podido conseguirlo, señor – contesta Giso postrándose a sus pies.

Daimon se desata en furia, dirigiéndose hacia la mesa donde yace la bola de cristal. Al llegar da un golpe tan fuerte que mueve los objetos que hay encima.

-Señor, si lo ve necesario yo mismo iré a por lo que necesita – va contrayendo las palabras hasta apagar la voz.
-No dudes que vas a acabar lo que no has comenzado. Tienes una opción, ¡solo una! De nuevo duerme Kari, ¡ves a por él! – Daimon levanta las manos y las apoya encima de la esfera pronunciando palabras inentendibles que Giso identifica como hechizo. En un instante su encorvado cuerpo lo transforma en una niebla densa, negruzca que se cuela espesa en el interior de la bola, en la búsqueda de los sueños de Kari.

Al llegar al lugar Giso levanta un viento violento que sacude la ventana abriéndola de golpe, las alas vapulean desprendiéndose los vidrios, provocando un gran estruendo. Una espesa niebla negruzca serpenteante comienza a invadir la habitación. Kari se agita, en un profundo grito interior que expande su voz  como un quejido por la habitación. Giso se detiene a los pies de la cama condensándose hasta dibujarse como una figura humana vestida de traje oscuro, con gorro y capa.

Kari lo observa llegar, desenfunda la espada a la espera.

-¿Esta es nuestra pieza? ¿Aparte de la perla de su corazón, cojo algo más señor? – susurra al cuervo que tiene en el hombro de la derecha. Los pérfidos ojos de Giso brillan fríos. Sin demora levanta las manos por encima de los hombros cogiendo dos perlas plateadas que flotan por encima de su cabeza. Las lanza y Kari entra en acción en su sueño profundo, abate las esferas que caen partidas en dos encima de la cama. Giso se contrae al observarlo. Daimon impone de nuevo las manos retirando a Giso. El profundo sueño de Kari es dueño de la realidad, y el único que podrá vencerlos mientras duerma.
  
Fco Manuel Marcos Roldán
Sabadell


El Pacto

El trato era desequilibrado, sin mesura, absurdo. Condenaba su alma al más oscuro de los trece infiernos, donde solo los más infames iban al finalizar sus míseras vidas. Además, condenaba también a siete de sus generaciones posteriores a semejante destino, sin que ningún trato místico conocido les pudiera liberar de aquella oscura herencia familiar. Y lo más tétrico, lo que estremecía sin parangón, era la firme decisión con la que aquel humano aceptaba las condiciones, no ya por el mero hecho de encontrarse cara a cara con el mismísimo líder de ese infierno, sino por la sonrisa que esbozaba mientras firmaba su trato con la sangre de una virgen recién asesinada, requisito imprescindible del retorcido demonio que disfrutaba cada vez más de ese tipo de sacrificios.

No sabía cuándo iba a morir, ni cómo, pero sabía que en cuanto ese hecho se consumara comenzaría una tortura eterna que proporcionaría placer y poder al íncubo y sus hordas, en un paso adelante en su preparación para el combate final entre todos los infiernos por gobernar.

Pero nada de esto le importaba, ni cómo fuera su vida, ni su muerte, ni la eternidad posterior. Las vejaciones, tormentos y suplicios que le estaban destinados eran un pago ínfimo desde su punto de vista. El demonio apenas llegaba a comprenderlo, puesto que era una fuerza que escapaba a sus dominios, era más terreno de su “rival”. Aquel humano se movía por amor, y salvar de una terrible enfermedad a la mujer que amaba era para él razón suficiente para firmar cualquier pacto, con quien fuera y fueran cuales fuesen sus términos.

Ese amor que profesó, incondicional, enorme y desinteresado, le valió para, el día de su muerte, causar más de un problema al decimotercer infierno que le esperaba, siendo causa de una rebelión que causó la derrota sin parangón del ofertante y sus tropas. Y es que la pureza, por muy pequeña que parezca, siempre puede causar daños a la más parca y cruel oscuridad.

Vicente Ponce López
Móstoles


Hasta que solo quede uno

El primer día de la última fase del entrenamiento los aprendices se reunieron en torno a su maestro. Éste, tras un largo momento de silencio que les puso cada vez más tensos, quitó con un gesto teatral la sábana que cubría la jaula con el primer ser vivo que usarían en su aprendizaje.

—Pero ¡si es Duncan! —exclamó uno de los alumnos. Todos se miraron nerviosos: aunque el día anterior había manifestado su intención de seguir con el entrenamiento, había desaparecido a la hora de la comida.
—En efecto. En adelante, cada día la magia elegirá al más débil de vosotros para ser el sujeto sobre el que se lanzarán los conjuros al día siguiente, hasta que sólo quede uno. Él ha sido el primero.
—Eso no es justo —protestó nuevamente el mismo alumno.
—Si no te gusta el sistema, ya sabes dónde está la puerta.

En ese momento, al percibir la cruel mirada de su profesor, el joven supo que si se marchaba, o incluso si volvía a abrir la boca, acabaría en esa caja. Así pues, decidió ser el más salvaje y el menos compasivo desde ese momento en adelante. Cuando venciera y se hiciera con el poder que tanto ansiaba ya se ocuparía de calmar a su conciencia poniendo la cabeza de su superior en una pica.

El maestro, por su parte, sonrió para sus adentros. Los que protestaban al inicio solían ser los que más espíritu demostraban tener y, si su moral no les obligaba a salir por la puerta antes de comenzar con las torturas, acababan por ser los supervivientes. Apostó contra sí mismo que ese jovencito sería el vencedor, aunque en realidad poco importaba. La magia se ocuparía de seleccionar al más apto y, cuando sólo quedara ese, solo tendría que matarle lentamente y absorber su poder.

Déborah F. Muñoz 
Madrid


Libertad

 La luna había huido al escuchar el llanto. Un llanto estridente, coral, suplicante. Un llanto mortal. Este se elevaba desde los confines del Bosque sin Sombra, con sus largos brazos invisibles, intentando alcanzarla. Pero ella no quería ser testigo de aquel horror.

Los proyectiles impactaban contra los árboles, haciéndolos añicos. Una negra figura los sorteaba entre gritos de desesperación que, unidos al estallido del cristal al ser atravesado por las balas, formaban un aullido lastimero y agonizante. Los oídos le sangraban y las lágrimas se le habían agotado. Sus pies avanzaban por inercia; su mente sólo pensaba en una cosa: huir.

Sabía que no debería haberse internado en el bosque, que sus peligros eran mayores para las gentes de su raza, pues el resonar del cristal resultaba tan doloroso para ellos como una daga retorciéndose en su estómago. Pero no le había quedado alternativa, y aquello que la aguardaba en las profundidades de aquel lugar no podía ser peor que aquello que la andaba persiguiendo, aquello que la había perseguido toda su vida.

En un mundo en el que la libertad estaba diseñada para unos pocos, había optado por salir de la burbuja de mentiras e hipocresía en la que estaba inmersa y buscar algo mejor allí afuera.

Siguió avanzando, con pequeños trozos de cristal clavándose en su fina y pálida piel y las balas volando apenas a unos centímetros. Sus ojos habían pasado del carmesí al morado, y la sangre de los oídos descendía en un fino surco por su cuerpo semidesnudo. Las fuerzas la abandonaron, su instinto la traicionó: el leve choque contra uno de aquellos translúcidos candelabros fue suficiente para desestabilizarla. Un proyectil impactó en un árbol cercano; el siguiente, la atravesó.
            
La luna se asomó desde su inalcanzable escondite, y su luz rebotó de árbol en árbol, llenando el Bosque de una claridad mortecina. Con ella, la oscura figura pudo contemplar por primera y última vez el horror que habitaba en aquella tierra, un horror tan etéreo como la presencia de aquellos ángeles de cristal, un horror tan real que con él estaba pagando su libertad.

Dalayn
Valencia


Sigues aquí, conmigo

Me mentiría si pensara que Él no fue la culminación de todos mis sueños, y me mentiría más profundo si creyera que alguien más pudiera llenar el inmenso vacío que me dejó su ausencia. Bien sé que nadie me adorará como Él me adoró, bien sé que para nadie más seré una deidad.

Siete largos años lloré su muerte hasta comprender que yo seguía estando viva y, siete largos años durmió mi sensualidad totalmente olvidada de sus necesidades. Después desperté, pero como de una pesadilla que largo rato nos obliga a recordar por miedo a perder la esencia del sueño. Cómo podría yo traicionar a quien me amó como a un dios.
Encontré la solución, inconfesable postura que solo a mí habría de salvar. Solo soy capaz de disfrutar del placer del amor en mi cuarto, sabiendo que Él me mira desde su cajita de cristal ahumado, donde reposa mi su preciada calavera, que a los siete años de su muerte robé del nicho donde se pudren los huesos del único hombre, que me pudo querer como solo se puede querer a una divinidad.

Jose Luis García Romero
Totana - Murcia


Sangre en la hojarasca

La sangre resplandecía rojiza bajo los rayos de un sol furioso, abrasando  la piel de los combatientes que yacían semidesnudos; Algunos agonizantes, otros desmembrados y unos pocos, con tanta suerte como destreza, vivos.

El hombre de coraza dorada se irguió, apoyado en una lanza de gran envergadura. Su porte era regio, más que un esclavo parecía miembro de la nobleza.  Su cara, pese a estar surcada de cicatrices, era la de un adolescente, y su cuerpo musculoso, el de un guerrero experimentado. Avanzó arrastrando el pie derecho, haciendo crujir la hojarasca, vestigio del otoño ya extinto. El público ya no murmuraba, el silencio era lo único que podía escucharse.

Al otro lado, un hombre enjuto y encorvado de mediana edad, se ponía en pie trabajosamente, agarrando una enorme espada cuyo filo  reflejaba su rostro ensangrentado. Ambos sabían que el final llegaría con la muerte de uno. Así pues se encaminaron hacia el rival, arma en mano, doblegando el dolor y encomendándose al cielo. Pero los dioses no tenían voz ni voto en esos lares. Sólo sus habilidades físicas y una palabra de la Dama Blanca que presidía aquella barbarie, cambiarían su suerte que estaba echada: luchar o morir, y aún luchando quizás terminar a dos metros bajo tierra, siendo pasto de los gusanos.

El sublime ser de tez nívea, era el estandarte de la belleza, una fría, cruel e hipnótica. Una capaz de llevarte a la locura o a la tumba. Sonreía en parte complaciente y en parte complacida, por la sangre derramada en su honor.

El sonido de las armas al chocar se asemejaba  a un trueno que toca tierra. Las voces del público fueron in crescendo hasta aunarse en un solo grito: «Mátalo». Las bestias, algunas de ellas cubiertas de recios pelajes,  otras mostrando afilados colmillos y unas cuantas de hermosura sobrehumana,  jaleaban a los contrincantes enfebrecidos por la lucha, hasta que uno de ellos cayó al suelo. El hombre de facciones joviales y cuerpo esculpido en piedra no volvería a ver jamás la luz de un nuevo día.

Lucía Arca Sancho Arroyo
Zaragoza


Pasos

Las calles parecían demasiado estrechas, los edificios demasiado altos, las distancias demasiado largas. Las puertas estaban cerradas, las luces apagadas. Los ecos de sus pasos apenas dejaban resquicio para el sonido de su jadeo. Pero él estaba sordo pues sus tímpanos sólo dejaban paso al retumbar incesante de su corazón, desbocado y salvaje. Pum pum, pum pum. 

La levita le estorbaba el movimiento, pero el frío le atenazaba como una amante lasciva y muerta que no quería dejarle marchar, y la mantuvo abotonada. Había abandonado ya su sombrero nuevo y maldecía haber hecho lo propio con su bastón viejo. Si le alcanzaba -¡oh Dios, no lo permitas!-, si le alcanzaba podría haberse defendido, ganar tiempo, un segundo, un resuello para gritar pidiendo ayuda por última vez, antes de sumergirse en el olvido.

La niebla se había aliado con la luna nueva para cegarle, para facilitar a su perseguidor cercarle, encerrarle como a una de esas alimañas del circo de rarezas que se había instalado a las afueras de la ciudad. Sí, seguro que era una de ellas, con sus garras y sus fauces, hediondas y sanguinarias. Pero no, no puede ser, habrían salido a darle caza. Entonces, ¿dónde estaba la gente?, ¿dónde el reflejo de sus antorchas?, ¿dónde sus voces? ¡Sí! ¡¿Dónde sus voces?! Algo que hiciera callar su maldito corazón, que rompiese el tenso parche de éste, su tambor vital, y lo sumiera en la paz ahora robada.

Un cruce al final. ¿Izquierda? ¿Derecha? Donde sea. Donde sea pero ya. Otra decisión más, otro minuto arrancado al Destino. Y otra calle eterna, infinita como el tiempo, como la soledad. Incluso ratas y cucarachas se resguardan ante su llegada, sus diminutos cuerpos encogidos en los recovecos de los gastados y rotos ladrillos de los ciclópeos edificios que le contemplan con maleficencia, riendo con mudas carcajadas ante el vano e inútil correr.

Las sienes laten, su cuerpo explota pero él sigue, no queda más opción sino una veloz zancada tras otra, tras otra, tras otra...

Otro cruce, otro recodo... y unos pasos que se pierden en el limbo. 

Joaquín Martínez
Madrid


No me odies

Por los caminos transito a través de los milenios. Todos me temen y algunos me invocan; para bien o para mal, estoy allí para causar sufrimientos, nunca alegrías. Quien me ve, no puede describirme ante los demás, pues cae automáticamente en las oscuras profundidades del sueño eterno. No ha existido el habitante en la Tierra que pueda eludir mi visita; tal vez la demore, pero nunca han conseguido cerrarme las puertas. Mis actos causan repulsión y terror, soy el abanderado de las guerras, de los desastres naturales, de las enfermedades y accidentes. Impongo el control de la natalidad; aumenta o disminuye si estoy o no de buen humor. Canciones y poemas se honran en mí nombre. En ningún relato estoy ausente, soy el máximo protagonista, el jefe supremo de los cuatro jinetes del Apocalipsis, la crónica final, el destino que lamenta la humanidad…

Así que no me odies, no es personal cuando venga por ti, es un trabajo duro, pero alguien lo tiene que hacer. Vive a plenitud, ama a tu familia, goza del amor, y valora a tus amigos. No llores cuando sea tu turno, sé digno y alza la cabeza; si no lo hiciste, si desperdiciaste en nimiedades y rencores tu vida, no me eches la culpa.

Martha Molina
Venezuela 


Muerte en el lago

Algo me perseguía. No lo veía, pero sentía su mirada en mi nuca.

Corrí todo lo que pude. Sin saber cómo, acabé en el cementerio, aquel que tanto pánico me causaba. Zigzagueé entre las lápidas, jadeante. Hacía viento y la luna se había escondido entre las nubes.
Estaba muy asustada. Escuché un ruido cerca de mí. Grité con todas mis fuerzas, pero ¿quién me iría con esta tormenta? Nadie.

Un rayo iluminó el camposanto. Entonces la vi. Estaba frente a mí. De entre la niebla no surgió un fantasma, sino alguien como yo, o al menos algo que se parecía a mí. No me reconocía en su cara, algo había cambiado. La larga melena oscura había desaparecido por partes de su cabeza. Sus ojos estaban vacíos, sin vida, y una malévola sonrisa se dibujó en aquel rostro. Abrió la boca, llamándome con voz cavernosa.

Corrí nuevamente. Encontré un mausoleo y creyendo que era un buen escondite, me agazapé en su interior. Una vez dentro, me arrepentí. Cerré la puerta por dentro, pero no sé cómo, ella ya estaba allí, detrás de mí. Se acercaba lentamente en mi dirección. Estaba aterrada. Creí que me atacaría, pero no lo hizo. Aproveché el momento para salir de allí, pero la puerta estaba atascada y me costó mucho abrirla.

Una vez fuera, la encontré frente a mí. Su extraño cuerpo se apartó y se alejó lentamente.
Había algo en ella que me obligaba a seguirla. Mis pies, caminaban solos, no obedecían mis órdenes. Comenzó a nevar. ¿Por qué no me obedecían mis músculos? Sabía dónde me llevaba. Ella me guiaba hasta el lago, aquel pantanoso lugar donde casi me ahogué años atrás…

Noté el frío del agua en mis pies. Era imposible detenerme y huir de allí. El agua cubría mis rodillas, mi cintura, mi pecho, mi cuello; mi cabeza. No podía respirar, sintiendo cómo el helado líquido penetraba en mis pulmones sin yo poder hacer nada por evitarlo. Al fin mi hermana gemela cumplió su venganza. Me ahogó como yo la ahogué a ella… Segundo tras segundo estaba llegando… llegando la hora de mi muerte…

Laura Morales 
Fuenlabrada


La maleta

La maleta azul flotaba a escasos metros de la costa, cerca del puente colgante Lion’s Gates, en  Vancouver. Un remero la divisó desde la orilla, se acercó y la cargó en su bote. Ya en tierra, decidió abrirla; el envoltorio de plástico negro no presagiaba el cariz del contenido.

Dos días después, un grupo de turistas, en las Cataratas del Niágara,  vio cómo cierta maleta azul caía desde lo alto, presa de las caprichosas volteretas del agua y la espuma. Fue recuperada cerca de la Isla Tres Hermanas; su apertura, el envoltorio de plástico negro y el contenido, continuaban escribiendo una historia, que había comenzado dos días y casi tres mil kilómetros atrás.

La tercera y la cuarta,  encallaron en las playas de la isla Margarita. Los guardias  del lugar las llevaron al destacamento y las abrieron de inmediato. En el interior de una de ellas había una serie de papeles, bien protegidos en un envase hermético que impidió que se humedeciera en su travesía.

El jefe de policía la leyó:

“Queridos todos, viajeros del mundo: veo que os gusta, como a mí, conocer lugares y llevaros recuerdos. En mi caso, mi altruismo me hizo ayudar a un amigo a recorrer países y lugares que no conocía, y jamás hubiera conocido sin mi ayuda. Claro que lo hice bajo ciertas condiciones que él no pudo objetar, pobrecillo, pero es que era un regalo y eso se acepta sin chistar ¿verdad? Os cuento que son cinco las maletas. En la primera, ubiqué sus piernas, pensando cuánto hubiera gozado una caminata por el Lion’s Gate, un puente que ansiaba conocer desde que empezamos nuestra amistad.

En la segunda, sus brazos: siempre tuvo la fantasía de arrojarse por las cataratas, volando como un pájaro.

En la tercera, su torso: amaba dorarse bajo el sol del Caribe, y más aún en compañía de mi esposa, su amante”.

Abrieron la otra maleta y comprobaron que era verdad. Prosiguió la lectura:

“Os aconsejo que no busquéis la quinta maleta; mucho me temo que su pobre cabeza no esté muy presentable ¡son tan voraces las pirañas amazónicas!”  

Susana Toscano
Buenos Aires


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Castillos en el Aire

Castillos en el Aire es el programa de libros y escritores de Radio 21. Cada temporada hemos procurado crecer y mejorar. Ahora tenemos literatura, pero también música, fotografía, pintura... ¿ya nos has visitado?
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